Sin Identidad…

Se supone que algo está bien definido
cuando sabemos lo que es
y lo que no es.
Una persona tiene una identidad definida cuando sabe quién es y quién no es, cuando sabe lo que piensa, siente y quiere. Al mismo tiempo, sabiendo esto sabe lo que no piensa, lo que no siente y lo que no quiere, lo que no puede y lo que no debe. Sabe quién es, qué lo diferencia de los otros, y no se confunde.

Se supone que eso le da conciencia de su identidad. Es decir le da unidad y le permite reconocerse y moverse adecuadamente en su ámbito y espacio.
Se supone que los límites nos definen como personas y nos ubican en la realidad, porque nos permiten saber quiénes somos y quiénes no. Descubriendo con ello quiénes somos, con toda la riqueza y la pobreza que acompaña a ese descubrimiento. Pobreza, si nos creíamos más de lo que éramos. Riqueza, si nos damos cuenta que somos totalmente originales, únicos e irrepetibles, que no podemos confundirnos con los otros.

Sin embargo los límites nos recortan algo, como si nos quitaran cosas o nos empobrecieran, privándonos de lo que no es nuestro. Los límites restringen el deseo, distinguiendo la realidad (lo que soy) de la fantasía (lo que no soy).

Si el límite es el valor identificador de cada persona,

su nombre,

no quiero saber como me llamo
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